Una reflexión sobre el cuerpo que habitamos, los años que pasan y la posibilidad de empezar a escucharnos hoy.
Hay una frase que escucho una y otra vez:
«Los años no vienen solos.»
La decimos cuando aparece un dolor que antes no estaba.
Cuando las articulaciones empiezan a sentirse diferentes.
Cuando el sueño cambia.
Cuando aparecen valores de presión o colesterol que antes no teníamos.
Cuando el cuerpo ya no responde exactamente como respondía algunos años atrás.
La decimos casi como si fuera una explicación.
Como si cumplir años trajera, inevitablemente, una lista de achaques que tenemos que aceptar.
Y quizás hay algo de verdad en reconocer que el cuerpo cambia con el paso del tiempo.
Pero hace tiempo que me pregunto:
¿En qué momento aceptar que nuestro cuerpo cambia se convierte en abandonar nuestro cuerpo?
No quiero negar el paso del tiempo
A partir de los 45 o 50 años muchas mujeres atravesamos una etapa de cambios importantes.
La menopausia es una transición biológica natural que, para la mayoría de las mujeres, ocurre entre los 45 y los 55 años. Puede traer cambios físicos, emocionales, mentales y sociales, aunque no todas las mujeres los viven de la misma manera.
Y hay condiciones de salud cuya probabilidad aumenta con la edad.
Eso existe.
No se trata de negar la biología, de pretender que podemos detener el tiempo ni de creer que todo depende de nuestras decisiones.
Tampoco se trata de pensar que si hacemos yoga vamos a evitar enfermedades o que todos los dolores tienen una explicación emocional.
No.
Se trata de otra cosa.
Se trata de preguntarnos qué hacemos con nuestro cuerpo mientras los años pasan.
¿Cuándo empezamos a dar por perdido nuestro cuerpo?
Quizás el abandono no ocurre de un día para otro.
Puede ser mucho más silencioso.
Primero dejamos de movernos como antes porque estamos cansadas.
Después empezamos a dormir menos porque siempre hay algo más importante que hacer.
Comemos rápido, elegimos lo que tenemos más a mano y seguimos con nuestras responsabilidades.
El estrés se vuelve parte de la rutina.
Nos acostumbramos a:
- Estar contracturadas.
- Despertarnos cansadas.
- Tener la cabeza acelerada.
- No tener un momento de silencio.
- Sentirnos desconectadas del cuerpo.
Y cuando aparece algo nuevo, quizás decimos:
«Y… los años no vienen solos.»
Y seguimos.
Seguimos trabajando. Seguimos cuidando. Seguimos resolviendo. Seguimos ocupándonos de todos.
Y nosotras quedamos para después.
El problema no es cumplir años
Cumplir años no es el problema.
El problema, para mí, aparece cuando empezamos a creer que por tener determinada edad ya no hay nada que podamos hacer desde el lugar en el que estamos.
Porque una cosa es aceptar que mi cuerpo de hoy no es el mismo que el de hace veinte años.
Y otra muy diferente es dejar de escucharlo.
La Organización Mundial de la Salud señala que el envejecimiento saludable está influido por muchos factores, algunos que no podemos controlar y otros sobre los que sí podemos actuar. Mantener actividad física, una alimentación saludable, dormir adecuadamente y participar activamente en el cuidado de nuestra salud son algunas de las acciones que pueden contribuir a un envejecimiento saludable.
No significa que esas acciones nos vuelvan inmunes a la enfermedad.
Significa algo mucho más sencillo:
todavía tenemos un cuerpo al que podemos cuidar.
Y acá aparece el yoga
Por eso, para mí, hacer yoga nunca fue solamente hacer posturas.
Una postura puede ser el comienzo.
Pero después empieza a suceder algo más.
Empezás a sentir.
A observar cómo respirás.
A notar dónde estás haciendo fuerza.
A reconocer cuándo estás acelerada.
A darte cuenta de que hace mucho que no descansás.
Quizás empezás a preguntarte cómo estás comiendo.
Cómo estás durmiendo.
Por qué vivís permanentemente apurada.
Qué lugar tiene el estrés en tu vida.
Cuánto tiempo hace que no te detenés.
Y quizás aparece una pregunta todavía más profunda:
¿Hace cuánto tiempo dejé de escucharme?
No porque el yoga tenga todas las respuestas.
Sino porque la práctica puede abrir un espacio para volver a estar en contacto con algo que muchas veces dejamos en segundo plano: nuestro propio cuerpo.
No se trata de volver atrás
A veces pareciera que cuidar el cuerpo después de los 45 significa intentar recuperar el cuerpo que teníamos a los 25.
Yo no creo que sea por ahí.
No quiero volver a tener 25 años.
Quiero poder habitar bien el cuerpo que tengo hoy.
Con lo que cambió. Con lo que aprendí. Con mis posibilidades actuales. Con mis límites actuales. Con mi historia.
Y esto es algo que aparece mucho en mi manera de entender el yoga:
«Desde donde estoy hoy, hago lo que puedo hacer hoy.»
No desde lo que debería poder hacer.
No desde lo que hacía antes.
No desde una versión ideal de mí misma.
Desde acá. Desde este cuerpo. Desde este momento.
Quizás la pregunta no sea «¿qué me pasa por la edad?»
Quizás también podamos empezar a preguntarnos:
- ¿Necesita más movimiento?
- ¿Necesita dormir más?
- ¿Necesita que revise cómo estoy comiendo?
- ¿Necesita que atienda ese dolor que vengo normalizando?
- ¿Necesita menos exigencia?
- ¿Necesita que aprenda a respirar de otra manera?
- ¿Necesita que haga una pausa?
- ¿Necesita que vuelva a tener un espacio para mí?
No todas estas preguntas van a tener la misma respuesta para todas.
Y algunas cuestiones necesitan, por supuesto, una consulta y un seguimiento médico.
Cuidarnos también es pedir ayuda cuando hace falta.
Tal vez todavía estemos a tiempo de dejar de abandonarnos
No digo esto desde el miedo.
Lo digo desde una convicción que veo una y otra vez en las mujeres con las que comparto el yoga: no tenemos por qué esperar a sentirnos completamente mal para empezar a escucharnos.
No tenemos que cambiar nuestra vida entera mañana.
No necesitamos convertir el cuidado personal en otra lista interminable de obligaciones.
Podemos empezar mucho más cerca.
- Con una pregunta.
- Con una pausa.
- Con una caminata.
- Con una práctica.
- Con una consulta médica que veníamos postergando.
- Con una noche en la que decidimos irnos a dormir un poco antes.
- Con unos minutos para sentir cómo está nuestro cuerpo.
- Con la decisión de volver a ocupar un lugar en nuestra propia vida.
Porque los años, sí, pasan.
Y nuestro cuerpo cambia con ellos.
Pero quizás haya una frase que podamos empezar a decirnos diferente:
«Los años vienen. Y yo también sigo estando acá.»
¿Qué puedo hacer hoy por este cuerpo que me acompaña? Quizás esa sea una pregunta mucho más interesante que resignarnos pensando que «los años no vienen solos».
